
"Parece que el tiempo duraba más y que los kilómetros eran mucho más largos. Poca gente tenía coche, y el que no quería pasar la noche entera en el tren tomaba aquel autobús al que llamábamos la Pava, que tardaba siete horas de viaje, primero por las vueltas y revueltas de la carretera hacia el norte de nuestra provincia y los desfiladeros y los túneles de Despeñaperros, que eran como el ingreso en otro mundo, la frontera última del nuestro, que se quedaba atrás en los últimos paisajes ondulados de olivos; y después por los llanos eternos de La Mancha, tan monótonos que el sueño solía unirse entonces al cansancio y prevalecer sobrel el mal cuerpo y se quedaba uno dormido, y con un poco de suerte volvía a abrir los ojos cuando el autobús ya estaba muy cerca de las luces de Madrid ¡La emoción de la capital, vista desde lejos, los tejados rojizos y sobre ellos los edificios altos que nos impresionaban, la Telefónica, el edificio España, la Torre de Madrid! ... "Preferíamos la emoción de la otra llegada, la lenta proximidad de nuestra tierra, los signos que nos anunciaban, no ya los indicadores kilométricos en la carretera, sino ciertos indicios familiares, una venta en medio del campo, el color rojillo de la tierra en las orillas del rio Gudalimar, y luego las primeras casas, las luces aisladas en las esquinas, cuando llegábamos de noche, la sensación de haber llegado ya y la impaciencia de no haber llegado todavia, la dulzura de todos los dias que aún nos quedaban por delante, las vacaciones ya empezadas y sin embargo todavía intactas.
Fragmento de "Sefarad". Antonio Muñóz Molina. Pág 15 y 16.








